Introducción al álbum ilustrado
8 octubre, 2018
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El dibujo como motor de la creatividad

Parece normal que casi cualquier proceso artístico comience con un bosquejo a lápiz para definir lo que será una obra “mayor” o más “completa” como una pintura, una escultura o incluso una performance.

El dibujo es generador de ideas, activa los códigos internos de cada uno y deja una huella que será registrada como el comienzo de algo. Luego suelen venir variantes de esos bocetos y una acomodación paulatina hacia el medio final elegido. Estos dibujos primarios son rayones, manchas, líneas imperfectas, salidas de margen… No importa, solo sirven para entender, descubrir y caminar hacia un fin.

Pero no tiene porque ser así, quizá esa obra mayor sea ese dibujo “mal” hecho, quizá ese trazo rápido sea más expresivo que cualquier óleo con semanas de trabajo o incluso aquel estudio de volúmenes sea más ‘real’ que la propia escultura final. Porque dibujar no es solo copiar un modelo, es también garabatear con un bolígrafo mientras pensamos en las musarañas, trazar con los dedos líneas imaginarias en el aire o arrastrar el polvo de un coche sucio. Dibujar es acto y no fin.

Y es que el dibujo es libre tanto como lo sea su autor. Libre de saber que nunca se dibujará como se quiere y de entender que la mente sintetiza más rápido que la mano y que, continuamente, regenera intenciones e intereses. En definitiva, la mente estará un paso más adelantada que el trazo, por eso es común la frustración de muchos autores al no aceptar lo representado con lo imaginado.

Quizá aceptar el “error” sea el verdadero acto de dibujar ya que la perfección en las disciplinas creativas no existe. Incluso se podría ir más lejos, quizá las disciplinas artísticas debieran tratarse como lenguaje y no como “disciplina” ya que va contra natura, por ejemplo, el intentar coartar la libertad basándose en un concepto clásico de Arte como la figuración o el paisajismo: esas tendencias de representar la realidad son solo una pequeña muestra del gran espectro al que puede llegar un dibujante. Pero, ¿cómo deshacerse de los complejos de años de cultura clásica y bombardeo de obras “perfectas” occidentales? Observando otras culturas, investigando técnicas no convencionales, aceptando la incertidumbre y al fin, dibujando de otra “forma”, y sobre todo, volviendo a tener la espontaneidad de un niño.

Por suerte, esta tesis no es nueva y ya se conocen métodos para desprenderse del academicismo y de lo que es “correcto” e “incorrecto”: técnicas de dibujo alternativas como explorar el dibujo a ciegas, representar la música, dibujar un movimiento, buscar la abstracción, dibujar en negativo, utilizar solo manchas, deformar partes de objetos conocidos, superponer dibujos… Estas son solo unas pocas técnicas pero las variantes son infinitas y lo mejor es que cada uno, puede inventar las suyas propias.

Es el momento de empezar a dibujar de verdad y que de las limitaciones nazca un estilo, único e inclasificable.

Tal como es cada uno.

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